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^Oportet stare sensui,
commercium mentis et rei
O que renace, renace sempre, xa irrompe
estoupa en instantes
sensorialidade en verbas -invocacións cósmicas- apareceres
xogos talismánico-mnémicos que rizan un rulo que trepa
engancha e desliza
segue sempre nunha liña de vontade de querer, de vontade,
que necesítase xa, unha e outra vez
Esmágase nas gañas dun fervor quente que levanta
consegue fecunda greta-montaña, de-mostrar-se
a ladeira que sobe cara o apical dun estreito momento que crea a xogabilidade
artesanía e xogo
o cume que deixa unha meta e prefire a ladeira do crear en círculo xoguetón e vontadoso
baixo o dominio dun instinto que sublima en paixóns construidas ^ a sacralidade do corpo reza__
A temperatura era moi agradable, quizáis demasiado para tratarse dunha noite de novembro. A cidade ficaba case deserta. O único que conseguía perturbar aquela preciada atmósfera era o ruido que, ao lonxe, producía o tránsito dalgún que outro coche. As farolas, entretanto, parecían contaxiarse da tristeza do ambiente, xa que a luz que emitían era do máis tenue. O mesmo ocorría cos paneis publicitarios que se sucedían a cada paso. Todo, absolutamente todo, parecía estar esixindo que chegase a súa hora, o seu final. A gran metrópole estaba sumida nunha agonía silenciosa, unha agonía da que EL non pretendía ser partícipe.
Os seus pasos eran lentos á vez que decididos. Dende a distancia, aquel home semellaba ser unha pantasma, un espectro, unha presenza que, a pesar de atoparse alí, ante os nosos ollos, non pertencía a este tempo nin a este lugar. Sen embargo, había algo nel que permitía intuir que sobreviría a todo isto. Era como se a súa propia existencia fora axena ao que ocorría ó seu redor. EL, en definitiva, era inmortal.
Dende a posición na que me atopaba, podería facer unha descrción detallada de tódolos seus movementos, da roupa que levaba posta, da cor do seu cabelo, dalgúns dos seus rasgos físicos… pero nunca sabería que se esconde na alma daquel ser misterioso. Xustamente pola imposibilidade de levar a cabo dita tarea, tratei de imaxinalo, para así poder coñecer a esa persoa, a esa pantasma, que camiña polo deserto nesta noite de novembro.
En primeiro lugar, supuxen que EL estaba só neste mundo. Podería pensar que a sús muller foi víctima, recentemente, dunha enfermidade mortal, e que por iso EL, un home triste e solitario, vaga polas rúas da cidade buscando unha paz que non atopa noutro lugar; pero o certo é que esta historia é demasiado vulgar, incluso convencional, unha convencionalidade que falaría moi mal, por outra parte, da miña capacidade imaxinativa e creativa.
Polo contrario, gústame máis pensar que EL, simplemente, non ten ningún motivo para facelo. A súa presenza, ademáis, garda relación con algún tipo de imperturbabilidade. Da a impresión de ser un home que, a pesares de pasear por un deserto, só se admira a sí mesmo. Camiña coa única intención de verse camiñando, de contemplarse. A noite, o vacío que evoca a metrópole, convérteo nunha sorte de Deus que exerce un dominio sobre todo o que o rodea. Polo día é un máis entre os outros. Pola moite, en cambio, é único.
Tratei de construir o seu perfil, a súa “ficha”. A súa idade rondaría os 60 anos. EL era, sen dúbida, un home vigoroso. A súa altura podería alcanzar os 1,90 metros. Os seus cabelos, ocultos case na súa totalidade por un sombreiro, eran negros; e a súa tez era máis ben pálida. Os seus ollos, algo que non alcanzaba a ver, serían grises.
A súa infancia foi pouco traumática. EL provén dunha familia acomodada, polo que nunca tivo problemas económicos. Non obstante, foi un rapaz con multitude de carencias de tipo afectivo, algo que encaixa coa descrición da súa personalidade actual. Este feito marcaría o devir da súa existencia. Así, un sentimento de autarquía apoderouse da súa personalidade. Ó mesmo tempo, a súa “condición” de Deus, implicaba un menosprecio e un rexeitamento de todo o que teña que ver cós homes, ca humanidade. EL estaba por riba de todos nós. EL era un misántropo, alguén que non aceptou a súa natureza, que quere ser algo que non é, algo que os outros non lle permiten. Por iso os odia.
Eu tamén odio a moitas persoas. Eu tamén son algo que non me deixan ser. Penso moitas veces na vida deste home, nos datos que rexistrei acerca del nesa noite de novembro. Penso que EL debería estar aquí. A min fixéronme unha “ficha” parecida cando me trouxeron.
Sergio Cernadas Leis
Cuando el gordo me dijo que la noche del viernes era yo el que tenía que ir al matadero me sorprendió. Primero porque no sabía que llevásemos ese servicio y después porque eso significaba que alguien tenía que sustituirme en el museo. Lo pensé un poco y decidí subir de nuevo a su despacho. Quería decirle que tenía que revisar los turnos y que yo prefería seguir con la guardia habitual, que ya estaba acostumbrado al museo, que tenía experiencia y que podía hacer con la vigilancia en el matadero lo que le viniese en gana, que llamase a otro, que yo no iba a ir. Pero una vez en su despacho me falló el ánimo y sólo dije: “Lo del matadero es nuevo ¿no?”. A lo que él contestó, sin mirarme, que sí, y me preguntó si tenía algún problema. Yo le dije que no, que ningún problema, que cambiaba el arte por las vísceras y que estaba bien. Él torció el gesto y siguió con el cuadrante de turnos.
Cuando salí de la oficina del gordo fui directamente al vestuario. Allí estaba Samu terminando de cambiarse. Le conté por encima lo del museo y el matadero.
–¿De dónde habrá sacado “la bola” esa guardia? –preguntó, pero no esperó la respuesta y se fue diciendo algo de su noche libre. Vi como al llegar a la puerta se cruzaba con el gordo. Samu lo dejó pasar, se volvió hacia mí, hinchó los carrillos y llevándose el índice a la sien simuló un disparo. Me quedé con una sonrisa estúpida en la cara mientras el gordo me decía:
–Voy a ir contigo, organizo la ronda y veo cómo es aquello.
–Bien –dije sin tiempo a quitarme la sonrisa.
Me pregunté si no tenía otra cosa mejor que hacer que acompañarme al trabajo. Terminé de ponerme el uniforme, me ajusté el cinturón y monté la pistola en la funda.
Me tocó llevarlo en mi coche. “Después vuelvo en taxi”, había dicho. Íbamos en silencio y yo procuraba conducir rápido y aprovechar los cambios de los semáforos para llegar antes.
–Parece que tienes prisa –advirtió.
“¡Qué diablos!”, pensé, “es mi coche y voy como me da la gana”. Sin embargo reduje la marcha. Él se fijó en una baraja de cartas infantiles que estaba en el salpicadero y la cogió. Era un juego de hacer familias al que yo había jugado con los niños alguna vez. Comenzó a cortar las cartas y a mirar la figura que salía en el corte. No sé lo que veía en las cartas y tampoco me importaba. La baraja llevaba ahí mucho tiempo. Pensé en los niños y, después, como siempre pensé en Clara, mi ex-mujer.
Creí que debía decir algo y dije:
–Era…, es de mis hijos.
–Ya –dijo él –. Continuó barajando y mirando las cartas una a una. Me pareció extraño lo que hacía el gordo. Yo sabía que vivía con su madre, o al menos eso era lo que creíamos todos. Samu decía que era porque ninguna tía lo soportaba en la cama, y al decirlo estiraba los brazos, giraba el cuello y echaba la lengua simulando ser un muerto. Recuerdo que una vez Samu se tiró en los bancos del vestuario y yo me puse encima como si fuese el gordo. Le dije una obscenidad y Samu dijo otra más fuerte. El gordo entró cuando Samu estaba diciendo “Me matas, bolita”.
Estábamos llegando al matadero. Lo primero que sentí fue un olor desagradable y profundo. Aparqué el coche junto a una puerta metálica que tenía un letrero encima: Puerta C.
Entramos y subimos hasta las oficinas donde nos esperaba el gerente, un hombre joven con los dientes pequeños y mal dispuestos. El gordo me presentó diciendo:
–Éste es el vigilante.
El gerente me miró.
–Debemos dar una vuelta por el recinto para marcar los puntos de la ronda –añadió el gordo.
El otro le contestó que lo haríamos después de estudiar los planos de las instalaciones. Mientras los desenrollaba el gordo me lanzó una mirada que no entendí. Tal vez quería que me fuese pero yo estaba interesado en los planos, al fin y al cabo era mi servicio. El gerente empezó a señalar los distintos espacios y salas: las de lavado, la de eliminación de pelo, la de despiece, los depósitos de sangre, las cámaras frigoríficas… Nos decía en cuales no se podía entrar con ropa de calle y cuales eran libres. Cada espacio en el plano tenía pequeños dibujos geométricos que representaban lo que allí había: las mesas, las bancadas, los raíles… “Así deberían ser las cosas siempre”, pensé, “cada cosa en su sitio, limpias y ordenadas”. Volví a pensar en Clara y los niños.
–Hoy el vigilante hará una ronda por aquí cada hora –quiso zanjar el gordo haciendo un círculo con la mano sobre una zona señalada con una A en rojo.
Al gerente no le pareció bien.
–Él solo no puede hacerlo –dijo enseñando los dientes.
Pasaron a discutir algo del contrato, y esta vez fue el gerente el que me dijo que esperase fuera.
Mientras esperaba los podía ver difuminados tras la mampara que hacía de puerta. Eran sólo dos siluetas y pese a todo los encontraba más humanos que antes. Dibujé con la mano sus perfiles y puse nombre mentalmente a las formas: “gerente” y “gordo”. Observé como la forma “gerente” se levantaba y desaparecía. La forma “gordo” cogió el teléfono y habló unos minutos. Discutía. Colgó el teléfono, se llevó una mano a la nuca y salió. Por un instante me había olvidado de cómo era su rostro.
–Ya está todo arreglado. He llamado a Samuel y viene para acá. Mientras me quedo contigo. Vamos –dijo.
Imaginé que a Samu no le habría hecho nada feliz la llamada. Bueno, no era exactamente mi problema. Pasar la guardia con el gordo sí era mi problema.
El último turno de los matarifes y del personal del matadero estaba llegando a su fin. Nos habían dado algunas llaves y, todavía con la gente recogiendo y limpiando, comenzamos a recorrer la zona permitida. Pasamos por la sala previa a la de despiece donde, a través de un cristal, vimos los canales suspendidos en ganchos. Varios operarios limpiaban con mangueras los cajones de la zona de aturdimiento. El olor, la suciedad que resbalaba al sumidero empujada por el agua, me marearon. Me refugié en el plano: los cajones eran rectángulos, la canalización una sección de cilindro, el sumidero un pequeño círculo.
El gordo no se dio cuenta y me recuperé al salir de allí. Nos dirigimos a la puerta C donde se habían encendido dos farolas que daban una luz naranja, muy pálida. El gordo o el gerente habían decidido que esa sería la base. En estos casos lo normal es que mientras uno vigila el otro pueda descansar, o incluso, dependiendo del sitio, echar un sueño. Pero claro con el gordo no era plan. Tampoco ahora sabía que decirle. Él miraba el reloj, yo lo miraba a él y también miraba el reloj. Resolví que haría la primera ronda por la zona que se había marcado. Cuando volví estaba jugando con la baraja, juntando las familias.
Le tocaba a él hacer la ronda. Cogió mi linterna y se fue. Al cabo de quince minutos más o menos volvió.
–Está todo tranquilo –dijo.
–Sí –dije –, muy tranquilo.
La incineradora había dejado de funcionar aunque todavía se percibía aquel olor dulzón y desagradable.
–A ver si se pasa pronto el mal olor –dije por decir algo.
Él, por toda respuesta, maldijo varias veces a Samu y lo amenazó en alto como si yo no estuviese.
Lo mejor para mí era que su atención se mantuviese en la tardanza de Samu. Me fui a hacer la ronda y esta vez me demoré mucho más que la primera. Revisé varias puertas y comprobé las vallas del perímetro. Me acercaba de nuevo a la puerta C cuando vi a lo lejos como llegaba un coche. Supuse que era Samu y me alegré. El coche paró y salió Samu con un paso dubitativo. “Quizá esté borracho”, sospeché. Decidí mantenerme donde estaba, protegido entre un conjunto de fardos que debían ser pieles. Samu caminaba balanceándose hacia el gordo que lo esperaba de pie; al andar abría los brazos y los agitaba. Dijo algo que no entendí del todo, sólo las últimas palabras: “… bola de sebo”. Cuando llegó a su altura el gordo le dio un puñetazo en el pecho. Samu se fue al suelo y yo cerré los ojos. Tuve la sensación de que esa escena ya la había vivido. Abrí los ojos y la sensación se mantuvo. Pensé en la puerta C del plano, un segmento de recta y dos óvalos con dos equis dentro. Samu se había levantado, hacía esfuerzos por respirar y se mantenía inclinado. El gordo intentó darle otro puñetazo pero esta vez falló. Samu se abrazó a él y cayeron. Era como si simulasen un combate de lucha.
Permanecían anudados entre sí, amagando los golpes, torpes, iracundos. Creo que Samu le mordió porque el gordo lanzó un grito agudo. No lo soporté más y dejé de mirar. Me deslicé hacia el suelo apoyando la espalda sobre los fardos. No estuve mucho tiempo así, tal vez unos minutos. Se hizo el silencio. Me incorporé creyendo que todo había terminado. Me equivoqué. Estaban los dos de pie. Samu tenía el arma en la mano. El gordo le decía algo. Miraba el arma y le decía algo. Yo veía dos siluetas, formas detrás de una mampara, una apuntando a la otra. El gordo extendió el brazo hacia el arma y Samu disparó.
Aún mantenía la pistola en la mano cuando lo enfoqué con la linterna. La dejó caer y se dio la vuelta. No me salía ninguna palabra. Olía a pólvora y a mierda. Enfoqué el cuerpo del gordo. Tenía sangre en el pecho. Sus ojos estaban abiertos y parecían mirar la carta de papa esquimal que estaba allí junto a su cabeza, ligeramente ladeada. Recogí la carta y la metí en el bolsillo. Fui recogiendo otras hasta juntar la baraja. Samu permanecía de espaldas sin decir nada.
Ramón Gil Sánchez




